Las arenas del olvido: El Estado Islámico y la destrucción del patrimonio histórico-artístico

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Un reportaje de Jon Burgoa

El Estado Islámico ha copado en los últimos meses las portadas informativas por su brutalidad y sinsentido. En el siglo XXI, ha adaptado aquella frase de César Borgia: “O nosotros o nada”. La nueva cruzada en Iraq y Siria carga a la inversa de las medievales, pero con el mismo fin de acabar con los “infieles”. En el subconsciente quedan grabadas sus ejecuciones y la tragedia humanitaria de los refugiados que huyen a Europa en busca de un futuro mejor. Los que se quedan en Siria e Iraq viven una pesadilla de puertas para dentro que en los últimos quince meses se ha cobrado la vida de más de 3000 civiles, ejecutados por el Estado Islámico, como ha denunciado el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos.

Desde junio de 2014, el anterior Estado Islámico de Iraq y del Levante (EI) ha asumido las directrices de Abu Bakr al-Bahdadi, autoproclamado califa, de asentar un territorio por medio de la intimidación, la destrucción, el pillaje y el horror. Su despliegue mediático ha buscado regocijarse en sus actuaciones públicas, especialmente en las ejecuciones múltiples en sitios públicos. Una de las más sonadas tuvo lugar el pasado julio en el teatro romano de la ciudad de Palmira (Siria). Lo poco que aún se mantiene en pie de su pasado se ha visto cercado por el terrorismo yihadista, y ha sido testigo mudo del asesinato de varios soldados del régimen de Al Assad. Un acto que tuvo decenas de testigos invitados por los terroristas para alentar más su terror.

Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1980, Palmira, situada en la región de Homs, ha sido el último objetivo del Estado Islámico en la zona. A finales de agosto, el grupo terrorista difundió las imágenes de la voladura del Templo de Baalshamin, construido en el 17 d. C. y, hasta su destrucción, uno de los mejores conservados del complejo arqueológico. Tras el rápido avance del Estado Islámico, el conjunto de la ciudad antigua de Palmira sigue corriendo el riesgo completo de desaparecer, debido a la colocación de numerosos explosivos que ahondarían más en un daño incalculable.

La destrucción del Estado Islámico ha tenido como focos principales Siria e Iraq: Mesopotamia, cruce de caminos a lo largo de los siglos. Desde el origen de la guerra en Siria, más de 300 enclaves históricos y artísticos han sido dañados o han sucumbido desde el origen de la guerra en Siria y la acción del Estado Islámico. Estas pérdidas, irreparables, han provocado que algunos de esos escenarios pasen hoy en día por irreconocibles. No solo desde un punto de vista geopolítico, económico o social; también cultural, y es que la destrucción de este rico patrimonio histórico solo revierte en que, con el tiempo, desaparezca del recuerdo colectivo y pase a formar parte de las tantas y tantas arenas del olvido.

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La destrucción de los Budas de Bamiyán (Afganistán) fue uno de los ejemplos a comienzos del siglo XXI de la iconoclasia propia de los grupos fundamentalistas islámicos. | mexico.cnn.com

La iconoclasia, origen del problema

La destrucción del patrimonio por el Estado Islámico responde a la premisa de limpieza cultural, de eliminar todo rastro de las antiguas civilizaciones. Muchos de sus combatientes siguen una interpretación “pura” del Islam: el salafismo, que considera idolatría las veneraciones de tumbas y estatuas.

“El Islam no admite imágenes de su profeta Mahoma ni, por lo general, de personas o animales. Para los musulmanes, Alá es incognoscible, no se puede conocer”, asegura Francisco Rivas, escritor y director sectorial del Mundo Islámico y Cuestiones Religiosas de la Asociación de Geopolítica GIN, quien añade que cualquier representación artística “está prohibida por entender que imitan a Dios, que tiene un poder creador”.

Anterior al auge de los terroristas yihadistas, fue conocido la iconoclasia en el caso de la voladura de los Budas de Bamiyán (Afganistán), las monumentales estatuas de Buda esculpidas en el siglo V d. C., las únicas de las que se tiene constancia de ese período con Buda representado de pie, destruidas por los talibanes en 2001. Un punto que conmovió a la sociedad internacional, pero aislado en el tiempo. Sin embargo, es desde mediados de 2014 cuando se han aglutinado los peores registros cuantitativos y cualitativos.

La ‘batalla cultural’ del yihadismo

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Destrucción del Templo de Hussein en Talafar (Iraq). | AP

Nada más renacer con su último nombre, el Estado Islámico empezó a destruir mezquitas y santuarios en Iraq, la mayoría de creencia chií. En esos días, Occidente se enteró por los medios de comunicación de las destrucciones en Talafar del santuario de Saad bin Aqeel Husseiniya, conocido como el Templo de Hussein, en honor al nieto de Mahoma; y la Mezquita de Jawad Husseiniya. Poco después, el EI tomó la ciudad de Mosul y destruyó la Mezquita de Al-Qubba Husseiniya y el mausoleo de Ibn al Azir (1160-1233), filósofo árabe cuyo lugar de reposo era conocido como La tumba de la chica.

Corría la leyenda de que el cuerpo que reposaba en la tumba no era el de Ibn al Azir, sino el de una joven que murió por un mal de amores. “Generaciones de habitantes de Mosul, y de los que han sufrido de la ‘herida del amor’, se han visto reflejados en La tumba de la chica. Ahora, no es sino un enorme agujero”, contaba el periodista indio Praveen Swami en el diario The Hindu en su momento.

Semanas después de estos reportes, llegaron nuevas noticias sobre las destrucción con explosivos de diversos santuarios religiosos cristianos y suníes. El santuario de Imam Awn al-Din Mashhad, construcción del siglo XIII que había sobrevivido a la invasión mongola de Iraq, la iglesia de la Virgen María o las supuestas tumbas de los profetas Jonás y Daniel, así como la de Set, el tercer hijo de Adán y Eva, fueron algunos ejemplos de aquel trágico mes de julio.

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Infografía sobre el patrimonio histórico-artístico en peligro o destruido por el Estado Islámico en Siria e Iraq. | elmundo.es

Las pérdidas no se pudieron contabilizar, a pesar de los intentos de Estados Unidos de investigar las condiciones de amenaza del patrimonio y evaluar una posible restauración. La UNESCO fue más allá, y a finales de 2014 el Comité para la Protección de los Bienes Culturales de la misma condenó los “repetidos y deliberados ataques contra los bienes culturales, especialmente en Siria e Iraq”. Su directora general, Irina Bokova, sentenció en febrero que los destrozos de Mosul eran una “violación” de la resolución 2199 (2015) de las Naciones Unidas y la destrucción de Nimrod y Nínive “un crimen de guerra”. Juan Luis Montero, director del Proyecto Arqueológico Medio Éufrates, resalta que “la destrucción sistemática y organizada de un patrimonio supone no solo un drama universal, también un genocidio cultural en toda regla”.

En los últimos meses de 2014, la difusión mediática de la destrucción del patrimonio menguó en detrimento de la barbarie por las ejecuciones y los nuevos campos de batalla, pero no desapareció del todo. En agosto se dieron las últimas destrucciones reseñables de dos valiosos testimonios de la religión preislámica yazidí: los templos de Tres Hermanas (Bakhdida) y del jeque Mand (Sinyar); y del yarsanismo, el movimiento religioso kurdo: los templos de Mazar Yad Gar y Sayed Hayyas (Hamdaniya).

A comienzos de 2015, los rebeldes kurdos e iraquíes ganaron terreno en el norte de Iraq y en la frontera siria, obligando al Estado Islámico a recluirse en sus feudos. No obstante, cuando se pensaba que estaban en un punto bajo, el Estado Islámico redobló sus esfuerzos y multiplicó los focos de acción con una nueva expansión que dejó ejecuciones de civiles, combates sangrientos en varias ciudades, coches bomba y llamamientos a la “guerra santa”. Junto a ello, la iconoclasia fue también un factor fundamental que dejó irrecuperables Mosul, Nínive, Hatra y Palmira.

Mosul y Nínive: la destrucción asiria

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Voladura de las murallas de Nínive. | repubblica.it

Tras ser conquistada por el Estado Islámico en junio de 2014, Mosul no tuvo tiempo para cicatrizar sus heridas. La ciudad todavía se recuperaba de la guerra de 2003 cuando un nuevo frente obligó a muchísima de su población a huir atemorizada. A pesar de los intentos de la Coalición por recuperarla, Mosul sigue siendo hasta la fecha bastión del Estado Islámico.

Mosul está considerada la heredera directa de la antigua Nínive, antigua capital del imperio asirio (construida en el siglo VII a. C.) cuyos restos se encuentran a escasos kilómetros. En su ADN histórico, Mosul, como Nínive, tiene en su haber ser el centro de grandes batallas por hacerse con ella. Babilonios, medos y escitas fueron los primeros, pero, tras ellos, diversidad de pueblos y contingentes han buscado su control. El último, el Estado Islámico.

A comienzos de 2015, los terroristas amenazaron con destruir las antiquísimas murallas de Nínive, la ciudad que según el libro de Jonás de la Biblia tardaba tres días en recorrerse. Sus murallas, de 12 kilómetros de extensión, fueron rápidamente consideradas como objetivo por “distorsionar el Islam”. Las amenazas no tardaron en cumplirse. A finales de enero, el portavoz del Partido Demócrata del Kurdistán, Saed Mimousine, confirmaba a Iraqi News la destrucción con explosivos de las murallas de Nínive.

“Bombardear los monumentos arqueológicos es una flagrante violación del derecho de la cultura humana, la civilización y el patrimonio”, esgrimía entonces Mimousine, quien instaba a la comunidad internacional a “tomar posiciones” para frenar la destrucción de más monumentos históricos.

No obstante, antes de darse una respuesta internacional llegaron dos nuevas muestras de la destrucción cultural de la que hizo gala el Estado Islámico. Primero fue el incendio de la biblioteca de Mosul, donde se perdieron más de cien mil libros y manuscritos, algunos fechados de la época otomana. Poco después, se destruyó el Museo de la ciudad. Considerado el segundo más grande del país, estaba apunto de reabrir con una reconstrucción que le permitió albergar más de 2.200 piezas arqueológicas, muchas de ellas datadas del imperio asirio y de la dinastía aqueménida (ss. VI a. C.-IV a. C.).

A través de un vídeo difundido por los propios terroristas, el mundo contempló la destrucción de objetos de valor incalculable y con más de 3.000 años de antigüedad. “Si Mahoma lo hizo, para nosotros es fácil, aunque valgan millones de dólares”, decía un terrorista en la grabación. El fanatismo les hizo olvidarse de la historia y de la humanidad para borrar en minutos, con mazas, machetes y radiales, todo vestigio de un pasado que consideran erróneo.

Entre las pérdidas que se documentaron en la grabación, había diversas estatuas con forma humana de origen babilónico, así como una escultura de un león alado, grabado en las excavaciones de Nimrud, y un toro alado de la Puerta de Nergal (siglo IX a. C.), en Nínive. Esta última acabó siendo destrozada con ayuda de una radial. Las pérdidas quedaron un poco, muy poco, aliviadas al saberse que muchas eran copias de originales que se guardaban a buen recaudo en los fondos del Museo de Bagdad.

Aunque réplicas, algunas obras fueron vendidas en el mercado negro, foco de negocio para los yihadistas. Conocedor de estas acciones, Adel Fahd al Sharshab, ministro iraquí de Turismo y Patrimonio, lanzó una llamada de auxilio a la comunidad internacional para intentar recuperarlas y evitar la financiación de los terroristas, sin éxito. “El Estado Islámico se financia con la venta de piezas arqueológicas, pero también de la venta de petróleo, la incautación de armas, los salarios de los funcionarios iraquíes subyugados por los terroristas, la extorsión y los secuestros. Y su poder se robustece ante la ausencia de una resistencia organizada que desde el interior socave su autoridad”, afirma el periodista Francisco Carrión, enviado especial de El Mundo en Egipto.

Hatra: el último misterio parto

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Imagen de Hatra en una foto de archivo. | ABC

Muchas de las piezas que fueron destruidas en el Museo procedían de Hatra (Patrimonio de la Humanidad en 1985), capital del reino de los partos entre 247 a. C y 226 d. C. al sur de Mosul. Con diferencia, uno de los vestigios arqueológico más enigmáticos de Iraq: un punto de oscuros ritos y extraños dioses que, de la noche a la mañana, desapareció sin dejar rastro. Su misterio quedó reflejado al comienzo del filme El exorcista (1973). William Friedkin, su director, consiguió grabar precisamente en Hatra las primeras escenas, donde el padre Merrin descubría una estatua del demonio Pazuzu: viento de las tormentas y portador de muerte.

Pero Pazuzu también representaba la protección contra otros demonios. No obstante, una personificación un tanto mística que no pudo parar a comienzos del pasado marzo a un “demonio” armado con rifles, explosivos y bulldozers dispuesto a destruir monumentos únicos, de incalculable valor y con miles de años. Al Sharshab volvía a recibir un varapalo como ministro de Turismo, aunque ya aceptando el triste final de su propia historia.

Uno de los vídeos difundidos por el Estado Islámico permitió ver a los terroristas desplegarse por la ciudad destruyendo con taladros eléctricos y martillos diversas estatuas, así como adornos de las monumentales fachadas de Hatra al grito de Allahu Akbar. A pesar de la condena internacional, la cruzada cultural yihadista no acabó aquí.

Palmira: el ‘ocaso’ sirio

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Atardecer en la ciudad antigua de Palmira. | WikiCommons

Plinio el Viejo decía que Palmira era famosa “por su ubicación, la riqueza de su suelo y el agua amena”, por sus extensos desiertos y por su independencia de los imperios romano y parto. Aunque incorporada a Roma, la crisis del siglo III d. C. precipitó su independencia como efímero reino que tuvo en la gobernante Zenobia la principal artífice de su esplendor arquitectónico y político, extendiéndose desde Siria a Palestina y Egipto. Poco después, acabaría en un fuego cruzado entre dos mundos y Roma regresaría en el 273 d. C. para quedarse. Zenobia huyó, los resistentes palmirianos fueron ejecutados y gran parte de la ciudad fue destruida como castigo por su osadía contra el Imperio.

Palmira acabó en el olvido durante generaciones, tragada por las arenas hasta hace relativamente poco en el tiempo. Patrimonio de la Humanidad desde 1980, sus restos perennes fueron testigos del paso de miles de turistas, incluidos ilustres como Hester Stanhope o Agatha ChristieLos templos de Baalshamin (17 d. C.) y de Bel (32 d.C.), el valle de las tumbas, formadas por tumbas-torre que acogían más de 400 enterramientos como la tumba de los Tres Hermanos, el anfiteatro romano, el Tetrapylon o la Decumanus, la inmensa avenida flanqueada por columnas, eran algunas de las joyas arquitectónicas supervivientes de su remoto pasado.

A comienzos de mayo, el Estado Islámico se lanzó a por la gran ofensiva siria, que tenía como punto final tomar Damasco. Palmira se encuentra en un área estratégica en la ruta hacia la capital, dominada por vastas regiones de gas natural, claves tanto para el régimen de al Assad como para los yihadistas. El 13 de mayo el EI infiltró en Palmira a combatientes que, desde dentro, lanzaron un ataque contra los soldados oficialistas, que luchaban a su vez contra los terroristas fuera de la ciudad. Las milicias no pudieron entablar dos frentes y acabaron por abandonar a la población a su suerte.

Aunque el régimen sirio intentó reconquistar en julio la ciudad, esta nueva ofensiva no hizo sino ahondar más en la herida y provocar numerosos muertos en los combates callejeros y ejecutados por los terroristas. En esa lucha, el Estado Islámico atrapó a una veintena de soldados, que fueron ametrallados en el anfiteatro romano de Palmira, un acto vil y cruel perpetrado por niños y que contó con espectadores en una forma de los yihadistas de ahondar en su terrible historia negra. A finales de agosto se supo que los terroristas habían asesinado a sangre fría a Khaled al Assad, de 82 años, uno de las máximas autoridades sirias en arqueología que siempre veló por evitar la destrucción del patrimonio de la ciudad en la que nació y a la que dedicó investigar toda su vida.

Detalle de uno de los relieves de Palmira. / elmundo.es
Detalle de un relieve de Palmira, previo a la entrada del EI. | elmundo.es

Rendidos a recuperar las posiciones perdidas, los efectivos del régimen iniciaron la evacuación de las obras que pudieron de la ciudad antigua para evitar su destrucción. Aunque medida prudente, no surtió el efecto esperado, pues el Estado Islámico sembró en los meses de julio y agosto de explosivos el circuito arqueológico con vistas a demolerlo. Como si de una partida de dominó se tratase, una a una, las piezas de Palmira empezaron a caer. Los templos de Bel y Baalshamin, las columnas de la Decumanus o las torres funerarias sucumbieron entre gritos y oras al Dios que “invocó” su destrucción, levantando el polvo de siglos de historia.

La grave situación en Siria e Iraq no mengua. Añadido al conflicto social y político, la batalla cultural se extiende por el territorio con un manto de horror e iconoclasia que no solo afecta a Palmira, también a los más de diez mil sitios arqueológicos del país. Aunque más de 30.000 piezas (16.000 de ellas, tabletas grabadas de 4.000 años de antigüedad) fueron salvadas de los yihadistas, el futuro de las ciudades no está tan asegurado. La antigua urbe de la reina Zenobia puede sucumbir, quizá no en un período breve, pero sí a medio plazo, como anteriormente les ha pasado a sus vecinas Nínive, Nimrod o Hatra. De no frenarse la sangría visceral contra la Historia y su patrimonio histórico-artístico, es más que probable que el legado de toda una civilización quede borrado de sus recuerdos, y pase a incorporarse, como tantos otros, a las arenas del olvido.