La noche más larga

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Al alba, de Luis Eduardo Aute, es una de esas canciones, junto Al vent de Raimon o L’estaca de Lluis Llach, con las que uno interpreta musicalmente los últimos compases del Franquismo que en 1975 escribía su epílogo en la historia. El mes de septiembre de aquel año fue uno de los más convulsos para el régimen desde que en diciembre de 1973 la banda terrorista ETA asesinara al presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco. Un mes en el que la presión internacional seguía su estela democrática contra la tarea visceral del Franquismo. Un mes en el que sus bases empezaban a agrietarse de fuera hacia dentro, desde el Sahara Occidental hasta El Pardo. Un mes en el que la sociedad española empezaba a despertar de ese letargo en el que se encontraba, adormecida de un cuento que se hizo largo.

A finales de septiembre, el Franquismo dictó sus últimas cinco sentencias de muerte. Unas penas que no se conmutaron a pesar de la extraordinaria presión internacional. La Justicia dictó ser benevolente perdonando la vida a seis detenidos, pero amparándose en su refugio de cumplir lo establecido, llevó a cabo un proceso judicial mediante el procedimiento militar sumarísimo, por la vía rápida, sucia y sin ambajes contra dos miembros de ETA pm: Ángel Otaegi Extebarria, acusado de un atentado en Azpeitia en el que murió un guardia civil, y Juan Paredes Manot Txiki, implicado en un atraco al Banco Santander (operado en el marco de la Fuga de Segovia y, asimismo, de la investigación del SECED de la Operación Lobo), y tres del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP): José Humberto Francisco Baena Alonso, Ramón García Sanz y José Luis Sánchez-Bravo Solla.

A pesar de las peticiones del Papa Pablo VI, quien pedía conmutarlas por penas de cárcel, de las manifestaciones multitudinarias de Roma, Lisboa, París, Estocolmo, Londres o Amsterdam, del Conde de Barcelona, de la Conferencia Episcopal, e incluso del hermano del dictador, Franco está convencido de la necesidad imperiosa de aplicar castigos ejemplares. Los cinco serán fusilados el sábado 27 de septiembre, y esa decisión no será discutida por el Gobierno en la reunión del consejo de ministros del viernes 26.

Ese tránsito del 26 al 27 fue la noche más larga, como cantó Aute. La noche en la que no solo ellos cinco temieron a la madrugada en pos del alba que daba lugar a un día “que viene con hambre atrasada”, a la noche más larga. Escrita pocos días antes de las ejecuciones, vuelca en una letra desgarradora el sentimiento de impotencia de una generación y de la necesidad de una justicia, una libertad y una democracia que los gerifaltes franquistas esquivaban a base de censura y represión.

Antes del amanecer, de la cárcel de Carabanchel salió la comitiva que llevaba a los tres presos del FRAP al campo de tiro de Hoyo de Manzanares. Les acompañaban un médico y un capellán; a lo lejos, un equipo de periodistas perseguía el convoy intentando captar las ejecuciones, algo que no consiguieron. A mitad de camino, se detuvieron en el camino al escuchar el espanto de las salvas a lo lejos. Eran las 9:20. Una hora antes, a las 8:30, en el penal de Burgos, Ángel Otaegui, ha sido fusilado. Cinco minutos más tarde (8:35), Juan Paredes Manot es ejecutado en Barcelona.

El cerrojo del Franquismo

Aunque España se mantuvo como en “una silenciosa danza”, las voces del exterior no cesaron, con multitud de manifestaciones que llegaron a puntos violentos en Lisboa, donde se quemó la embajada española. En las horas posteriores a las ejecuciones, hasta 17 países retirarán de España a sus embajadores (varios de Europa del Este y Canadá, entre otros).

El lunes 29 de septiembre, el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, convoca un consejo de ministros extraordinario para aparecer después en TVE, donde denuncia la situación de irritada y doliente soledad del Franquismo.

El gobierno español ha actuado hasta aquí, y continuará actuando, asistido por la serena y firme certidumbre de estar cumpliendo sus obligaciones, más irrenunciables sin sentirse intimidado por las dimensiones de una campaña exterior cuidadosamente organizada con centros conocidos de preparación y financiación y, ante la cual, no sabemos qué nos produce más estupor, si la violencia vesánica de los agitadores que la protagonizan en la calle o la culpable irresponsabilidad de las autoridades, de los gobiernos y de los medios informativos que les incitan y les secundan.

El presidente de México, Luis Echeverría, fue un paso más allá que llamar a consultas a su embajador. Denunció la situación en Naciones Unidas y pidió la inmediata expulsión de España del organismo y su aislamiento comercial. “No deseamos estar solos, pero tampoco nos intimada la posibilidad del aislamiento”, amenazaba Arias Navarro en su discurso.

Estamos seguros de que las aguas volverán a sus cauces. Que por debajo de la actuación de unos gobiernos que suicidamente han subordinado indeclinables principios de justicia a la hipocresía y a la complacencia demagógica de minorías revolucionarias y anárquicas, existen sectores responsables europea ante la que aparece nítida la verdad de una España moderna y pacífica.

No obstante, esas declaraciones acaban siendo superfluas saliendo del presidente del Gobierno, quien, jactándose en su juicio, emula al Franquismo que saca los dientes mientras esconde la cola, aunque disimuladamente.

“Ea, ea, ea, Europa se cabrea”

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Manifestación del 1 de octubre de 1975 en la Plaza de Oriente de Madrid. | Archivo RTVE

En mitad de esa tensión tanto interna como externa, el 1 de octubre reúne en la madrileña Plaza de Oriente a la exacerbada sociedad española para plantar cara a esa irritación que dice tener por los ataques intolerables del exterior y la injerencia en los asuntos nacionales, además de para celebrar el 39º aniversario del ascenso de Franco a la Jefatura del Estado, aún en la Guerra Civil. En lo que conoció como un “acto de afirmación patriótica”, rodeada de frases contra Europa, de vivas a Franco, Cara al Sol y el Viva España de Manolo Escobar, la sociedad española asistía a la última aparición pública de Franco antes de su muerte.

Aunque la escena pudiera recordar a los tiempos oscuros del aislacionismo de 1946, como bien recordaba la periodista Victoria Prego, esta no fue sino la instantánea que, encubiértamente, simbolizó el ocaso del régimen. Un Francisco Franco envejecido, con uniforme militar, gafas de sol y muy perjudicado, aparecía en el balcón del palacio junto a su mujer, Carmen Polo, su plana mayor y el gobierno. En segundo plano, un entonces príncipe Juan Carlos y su mujer, Sofía de Grecia.

No es precisamente material, al menos explicado de manera breve, para ser una nueva Anatomía de un instante, pero sirve para reflejar en buena medida el principio del fin de una etapa histórica de España. Su discurso recuperaba la conspiración comunista y masónica contra el pueblo español y exclamaba contra los diablos internacionales que enturbiaban la Arcadia española.

Todo obedece a una conspiración masónica e izquierdista en la clase política, en contubernio con la subversión comunista en lo social, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece. Estas manifestaciones demuestran, por otra parte, que el pueblo español no es un pueblo muerto al que se le pueda engañar. El ser español vuelve hoy a ser una cosa seria en el mundo. ¡Arriba España!

El principio del fin

En línea con los discursos de Franco y Arias Navarro, la gente se lanzó contra la embajada portuguesa en Castellana, arremetiendo físicamente contra ella y simbólicamente contra Europa. Ese mismo día, y a la misma hora en la que Franco aglomeraba a la gente en Oriente, en la calle Agustín de Foxá, en la otra punta de Madrid, un nuevo grupo terrorista hace su entrada en la historia de España asesinando a cuatro policías que custodiaban una sucursal bancaria, los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO).

Octubre de 1975 fue el testamento político de Franco. El régimen apuró cada día, cada hora que tuvo, para preservar la calma ante la gran crisis de ansiedad que explotaría en su seno en noviembre. Aunque, como la historia acabó demostrando, las grietas no consiguieron ser reparadas ni en el tiempo ni en la forma. La actividad opositora, los atentados terroristas y los problemas independentistas del Sahara fueron algunos de los puntos claves de aquel mes en el que el príncipe Juan Carlos ocupó obligado la jefatura del Estado por los problemas de salud de Franco, quien entró a finales de octubre en su fase crítica, falleciendo el 20 de noviembre. Se cerraba una etapa clave de la España contemporánea y se iniciaba otra que dio sus primeros pasos dubitativa de si misma hasta encaminar la Democracia. Pero eso ya es otra historia.